Me levanto muy temprano después de haber dormido poco, que es lo normal para mí ahora, y preparo a toda prisa los sempiternos bocadillos de jamón cocido y queso en lonchas. Salgo al punto de encuentro y mis amigas me recogen casi con puntualidad. Luego, en el autobús, veintitantas personas, esta vez más hombres que otras veces, aunque ganan las mujeres por mayoría. En la ida, una densa niebla sugiere, siguiendo el refrán, una tardecita de paseo.
Cuando llegamos empieza a lloviznar, a veces de manera un poco más intensa, otras apenas perceptible, pero siempre constante. La climatología crea una atmósfera especial en la ruta. Nos transporta a tierras gallegas y es como si en un instante fuera a aparecer el sacahuntos, el bandido Malatesta o alguna meiga de las que pueblan los paisajes imaginarios de Galicia. Atravesamos farrallones, umbrías, laderas escarpadas y frondosas, avanzando por caminos empedrados, senderos resbaladizos y alguna que otra verja cerrada con candado. Alrededor, el bosque permite por momentos ver las vaguadas y las riveras cuarteadas por huertos, semiabandonados algunos, primorosamente labrados otros, que jalonan el riachuelo que les da vida. En la otra cara del valle, distintos tonos de verde oscuro, debido a la sombría luz del día, con múltiples tintes ocres de otoño. El aire, húmedo y fresco. La neblina de fondo añade una nota profunda a esta sinfonía de agua y vegetal que dirige el persistente chirimiri, al que llaman también calabobo.
La lluvia fina es signo de perseverancia, de tesón, de fe en alcanzar el fruto trabajado y merecido. Llueve sin estridencias, sin hacer daño, pero termina permeando hasta lo más hondo a quien cubre. Tiene también algo, mucho, de sensual, por la humedad cálida con que impregna. Veo a alguna mujer calada de esa lluvia fina, con aire de resignada aceptación, que me conmueve de una manera especial. Me sugiere el olor que debe tener el heno humeante de vapor en el establo de las vacas nobles. No recuerdo haberlo olido nunca, pero me parece que lo he leído en alguna parte.
Ha sido una ruta, eso sí, poco propicia para hacer nuevas amistades porque había que estar pendiente de donde se pisaba y el gorro del chaquetón apenas dejaba ver las caras. De todas formas, hoy, con la gente que ya conocía tenía bastante.
A la vuelta, instalado en mi cubículo, hago y recibo una llamada rápida y grata. Se que voy a desajustar el ritmo del sueño, pero no hay que agobiarse, que es peor. El Sevilla ganó ¡bien! el Betis empató ¡bueno! los demás equipos andaluces perdieron, creo, ¡que se le va a hacer!. No soy un forofo del futbol, pero hago patria y prefiero que ganen todos los andaluces.
¡Ah! Al final, como es de suponer, no hubo tardecita de paseo, aunque ha resultado igual de grato y será una jornada difícil de olvidar.
Cuando llegamos empieza a lloviznar, a veces de manera un poco más intensa, otras apenas perceptible, pero siempre constante. La climatología crea una atmósfera especial en la ruta. Nos transporta a tierras gallegas y es como si en un instante fuera a aparecer el sacahuntos, el bandido Malatesta o alguna meiga de las que pueblan los paisajes imaginarios de Galicia. Atravesamos farrallones, umbrías, laderas escarpadas y frondosas, avanzando por caminos empedrados, senderos resbaladizos y alguna que otra verja cerrada con candado. Alrededor, el bosque permite por momentos ver las vaguadas y las riveras cuarteadas por huertos, semiabandonados algunos, primorosamente labrados otros, que jalonan el riachuelo que les da vida. En la otra cara del valle, distintos tonos de verde oscuro, debido a la sombría luz del día, con múltiples tintes ocres de otoño. El aire, húmedo y fresco. La neblina de fondo añade una nota profunda a esta sinfonía de agua y vegetal que dirige el persistente chirimiri, al que llaman también calabobo.
La lluvia fina es signo de perseverancia, de tesón, de fe en alcanzar el fruto trabajado y merecido. Llueve sin estridencias, sin hacer daño, pero termina permeando hasta lo más hondo a quien cubre. Tiene también algo, mucho, de sensual, por la humedad cálida con que impregna. Veo a alguna mujer calada de esa lluvia fina, con aire de resignada aceptación, que me conmueve de una manera especial. Me sugiere el olor que debe tener el heno humeante de vapor en el establo de las vacas nobles. No recuerdo haberlo olido nunca, pero me parece que lo he leído en alguna parte.
Ha sido una ruta, eso sí, poco propicia para hacer nuevas amistades porque había que estar pendiente de donde se pisaba y el gorro del chaquetón apenas dejaba ver las caras. De todas formas, hoy, con la gente que ya conocía tenía bastante.
A la vuelta, instalado en mi cubículo, hago y recibo una llamada rápida y grata. Se que voy a desajustar el ritmo del sueño, pero no hay que agobiarse, que es peor. El Sevilla ganó ¡bien! el Betis empató ¡bueno! los demás equipos andaluces perdieron, creo, ¡que se le va a hacer!. No soy un forofo del futbol, pero hago patria y prefiero que ganen todos los andaluces.
¡Ah! Al final, como es de suponer, no hubo tardecita de paseo, aunque ha resultado igual de grato y será una jornada difícil de olvidar.
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