lunes, 13 de octubre de 2008

Cada uno en su casa

La tarea se ha terminado a medias, pero anima ver que se avanza. Mi vida ha sido una sucesión de proyectos cumplidos a la mitad y en el doble de tiempo previsto, cuando no aplazados sine die. De hecho, uno de las empresas más importantes, la del matrimonio, tampoco va a concluir como yo esperaba: soy de los de “hasta que la muerte os separe”. Ahora, en vez de la vieja dama, puede separarte cualquier fantasma –corpóreo o subconsciente-.
Una buena siesta, contestar unos correos muy esperados y un largo rato de lectura han ocupado la tarde, que se ha visto enriquecida por la presencia de una persona cercana que, aunque ha venido a lo suyo, me ha hecho sentirme divinamente sabiendo que estaba allí, mientras yo avanzaba en los últimos capítulos del libro del momento.

Tras acompañar de vuelta hasta su casa a mi visita, entro en el bareto de la esquina. El empleado me cuenta su vida –yo le tiro descaradamente de la lengua- y compruebo una vez más que todo el mundo es interesante, por una cosa u otra. Desde los catorce años tras el mostrador, acumulando mucha experiencia y poco dinero, ¡porqué estará tan mal repartida la ambición! Me habla de cuando los alimentos se vendían a granel, las neveras enfriaban con barras de hielo que traía el carro de la nieve y de cuando llegó la Coca Cola. Todavía no siento añoranza por los tiempos pasados, señal inequívoca de que se entra en la vejez. Pienso solo en el futuro, y cada vez más en el presente. ¡Quizás sea algo inmaduro y viva en una adolescencia obsoleta! Pues bueno, me va bien. El dueño, y cocinero, me pone mi aliño de melva –sustancioso, sanísimo, riquísimo- y unas albóndigas con sabor a madre.

De recogida en el estudio, estas líneas y un libro. No se aún que CD poner, creo que uno de música gallega que me prestó la anfitriona de ayer, la que se quedó en su casa sola cuando cada uno se fue a la suya.

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