El fuerte viento y la lluvia me despiertan del segundo sueño de la noche, un sueño cargado de inquietudes y desazones cuyo argumento he olvidado enseguida. Entre éste y el primero, cuatro horas de lectura compulsiva de “Las travesuras de la niña mala”, un libro que no debería leer ahora porque se presta a la identificación fácil y quizás inexacta. Es hora, pues, de enderezar el curso de las emociones que, como caballo cimarrón, tuercen para donde no deben, lo mismo que la cabra tira para el monte. Jinete tozudo y menos bisoño ya, jalo pues de riendas mentales para recolocarme en la senda que interesa, la que me lleva a la satisfacción que otorga la creatividad realizada: un poco pretencioso pero esa es la meta.
El programa, no lo hay realmente, tiene varias alternativas de tipo doméstico, asunto muy descuidado, y dependiendo de la colaboración de mi vástago.
(Cinco horas después)
Sonó el timbre y, tal como habíamos quedado, llegó extrañamente puntual. Desayunamos como reyes, que en Andalucía consiste en una tostada entera con aceite de oliva y jamón serrano, zumo de naranja él, descafeinado yo. Luego, cien euros en pinturas que no gotean pero que si gotean. Tan duro como pintar es encintar los límites de lo que se ha de colorear. Uno a una cosa y el otro a otra y en medio un programa de radio de fin de semana. No hablamos mucho, aunque durante un rato apagué el transistor y le apunté alguna buena idea sobre su futuro profesional que no le disgustó. Nos espera tarea para todo el puente, con lo que el viaje será a través de las ondas y de la cálida y aterciopelada voz de mi locutora favorita.
Ahora, casi las tres, dudo si aplazar el almuerzo con mi hija pequeña por el mal tiempo, pero cojo el teléfono y le confirmo que quedamos. A eso me dispongo.
(Siete de la tarde)
Después de la siesta, me acuerdo de lo agradable de la tarde de ayer. No es frecuente que me deje invitar a almorzar, en un restaurante nada desdeñable, por una mujer, pero ante la buenísima y sanísima amistad que me unía a la comensal, desestime mi prurito machista –presumo de que soy un caballero- y disfruté de ensalada, pulpo a la gallega, gambas y ribeiro. Tuvo la delicadeza de dejarse pagar después a un café acompañado de un pastelillo compartido.
No dejo de percibir la importancia de la sintonía mental entre las personas. Esa manera de entenderse fácilmente, de captar el sentido exacto que él que las dice, le quiere dar a las palabras, de optar por la mejor de las interpretaciones, de dar la respuesta adecuada o simplemente de comprender, es algo valiosísimo, que no se da tanto como parece. Es el producto de una cultura, formación e ideales compartidos, y es de las cosas que –como la salud- se valoran cuando se echan en falta. Por fortuna, tengo la capacidad de saber valorar casi siempre –con puntuales y escandalosas excepciones- lo bueno que me rodea.
Ayer por la noche, tapitas y paseo con un amigo de fidelidad inquebrantable como una roca, redondean un día que empezó bien en lo docente: la primera sesión clínica del año empezó a poner a punto a los alumnos para su tarea. Queda mucho por hacer con ellos. Se hará todo lo que se pueda, y además, tratando de divertirse sin euforias, que luego los compañeros te miran como a un excéntrico.
Esta noche, cita con los de siempre, y que no falte.
El programa, no lo hay realmente, tiene varias alternativas de tipo doméstico, asunto muy descuidado, y dependiendo de la colaboración de mi vástago.
(Cinco horas después)
Sonó el timbre y, tal como habíamos quedado, llegó extrañamente puntual. Desayunamos como reyes, que en Andalucía consiste en una tostada entera con aceite de oliva y jamón serrano, zumo de naranja él, descafeinado yo. Luego, cien euros en pinturas que no gotean pero que si gotean. Tan duro como pintar es encintar los límites de lo que se ha de colorear. Uno a una cosa y el otro a otra y en medio un programa de radio de fin de semana. No hablamos mucho, aunque durante un rato apagué el transistor y le apunté alguna buena idea sobre su futuro profesional que no le disgustó. Nos espera tarea para todo el puente, con lo que el viaje será a través de las ondas y de la cálida y aterciopelada voz de mi locutora favorita.
Ahora, casi las tres, dudo si aplazar el almuerzo con mi hija pequeña por el mal tiempo, pero cojo el teléfono y le confirmo que quedamos. A eso me dispongo.
(Siete de la tarde)
Después de la siesta, me acuerdo de lo agradable de la tarde de ayer. No es frecuente que me deje invitar a almorzar, en un restaurante nada desdeñable, por una mujer, pero ante la buenísima y sanísima amistad que me unía a la comensal, desestime mi prurito machista –presumo de que soy un caballero- y disfruté de ensalada, pulpo a la gallega, gambas y ribeiro. Tuvo la delicadeza de dejarse pagar después a un café acompañado de un pastelillo compartido.
No dejo de percibir la importancia de la sintonía mental entre las personas. Esa manera de entenderse fácilmente, de captar el sentido exacto que él que las dice, le quiere dar a las palabras, de optar por la mejor de las interpretaciones, de dar la respuesta adecuada o simplemente de comprender, es algo valiosísimo, que no se da tanto como parece. Es el producto de una cultura, formación e ideales compartidos, y es de las cosas que –como la salud- se valoran cuando se echan en falta. Por fortuna, tengo la capacidad de saber valorar casi siempre –con puntuales y escandalosas excepciones- lo bueno que me rodea.
Ayer por la noche, tapitas y paseo con un amigo de fidelidad inquebrantable como una roca, redondean un día que empezó bien en lo docente: la primera sesión clínica del año empezó a poner a punto a los alumnos para su tarea. Queda mucho por hacer con ellos. Se hará todo lo que se pueda, y además, tratando de divertirse sin euforias, que luego los compañeros te miran como a un excéntrico.
Esta noche, cita con los de siempre, y que no falte.
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