Los que somos amigos del hablar, aunque a veces guardemos un silencio observador, no nos gusta tener un fondo ruidoso que impida escuchar lo que te dicen. Ayer tocó entrar en una gran pub discoteca con pretendido aire oriental. Me sorprendió que, aunque la mayor parte de la clientela era gente joven, había un gran número de personas de otras edades, incluyendo los de entorno a los cincuenta, que es mi caso. A parte de la fisonomía, se distinguían en la actitud, los jóvenes bailaban más, y por la forma de hacerlo, sincopada en los chicos, ondulante en los maduros. Al final, tras ejercer el oficio de antropólogo observante, terminé meneando un poco las carnes al ritmo de la música disco, tras tomarme la única copa de alcohol de la noche: güisqui con Seven Up. No estuvo mal, aun conservo cierta capacidad de seguir los retumbantes golpes del bajo. También he descubierto la fórmula de no beber alcohol, si acaso la última copa (penúltima sería mejor decir, lo otro suena a último deseo antes del ajusticiamiento). Me gusta conservar la cabeza fría en lo posible, ya se encargan otros temas de fondo de calentármela, y tratar de no perder ni una pizca de control, más en tiempos delicados como los que vivo.
Reflexiono sobre los distintos niveles de la conservación –es un tema que me interesa exprimir-. No funciono bien en el primero, el espontaneo, ese que surge de cualquier cosa, que trata de temas insustanciales o cotidianos, cuyo hilo empieza y se corta numerosas veces. Es más propio de los que se conocen mucho. Luego está el que gira en torno a asuntos concretos que requieren criterio propio y algún conocimiento sobre la cuestión. En ese funciono bien, aunque procuro no caer en el papel del erudito de turno. Me gusta especialmente que hablen de viajes y costumbres –deformación de antropólogo no ejerciente- en cuyo caso adopto el papel del escuchante atento. Hablar por hablar es una habilidad social que los que nos hemos criado en la soledad de los campos de cultivo –reivindico mi origen campesino- no tenemos muy desarrollada y sentimos que se nos nota. Con la práctica, se irá dominando de forma espontánea y relajada.
Es hora de desayunar y de trabajar un poquito en la pintura de las paredes.
Reflexiono sobre los distintos niveles de la conservación –es un tema que me interesa exprimir-. No funciono bien en el primero, el espontaneo, ese que surge de cualquier cosa, que trata de temas insustanciales o cotidianos, cuyo hilo empieza y se corta numerosas veces. Es más propio de los que se conocen mucho. Luego está el que gira en torno a asuntos concretos que requieren criterio propio y algún conocimiento sobre la cuestión. En ese funciono bien, aunque procuro no caer en el papel del erudito de turno. Me gusta especialmente que hablen de viajes y costumbres –deformación de antropólogo no ejerciente- en cuyo caso adopto el papel del escuchante atento. Hablar por hablar es una habilidad social que los que nos hemos criado en la soledad de los campos de cultivo –reivindico mi origen campesino- no tenemos muy desarrollada y sentimos que se nos nota. Con la práctica, se irá dominando de forma espontánea y relajada.
Es hora de desayunar y de trabajar un poquito en la pintura de las paredes.
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