viernes, 10 de octubre de 2008

Cuando las paredes responden

Cuando se tiene todo el día ocupado, no da tiempo a pensar, solo a sentir y a seguir. Cuando pasan muchas cosas, tampoco es posible acordarse de todo, solo de lo que más impacta. Ayer fue otro día bastante completo y hoy, si no hago un pequeño esfuerzo, solo tengo presentes algunas cosas. Una clase de Factores Socio-ambientales mejor que la anterior, una buena clase de Clínica Podológica, donde conseguí desatascar el atrancón de la precedente, un regular debate en el seminario de Factores por la tarde y una cervecita en agradable conversación después.

La comunicación es una de las mayores satisfacciones que se puede vivir. Ahora trato de trasmitirles –enseñar no está de moda, lo actual es el aprendizaje- a mis alumnos la distinción entre el placer –sensación, hedonismo- y la satisfacción –sentimiento de obtener lo que se merece tras pasar por momentos buenos y menos buenos-. La conversación, ya sea a dos o en grupo, aúna placer y satisfacción. Hay poca tradición de “tertulia” y es más frecuente la “discusión” en el sentido de “competir por el uso de la palabra”. Se acerca al concepto andaluz de “porfía”. Me gusta que me dejen sitio y que no me pisen cuando quiero hablar, ya me cuido yo de respetar la palabra de los demás. Esto se cumple cuando se trata de un acto formal (encuentros profesionales, etc.) aunque no siempre. Cuando se trata de una reunión informal, cada uno trata de romper el discurso del otro porque de pronto se le ocurre una idea y parece que se le acaba el tiempo de exponerla. No me gusta esa actitud. Por eso, cuando coincido con a una persona que “sabe escuchar”, que habla, y dice todo lo que tenga que decir, cuando ha terminado de hacerlo su interlocutor, me resulta un placer satisfactorio. Ayer, después del seminario, delante de unas croquetas caseras, un arroz exótico y una quesadilla montada sobre rodajas de manzana verde, regado por cerveza sin alcohol y copita de Rivera del Duero, tuve un rato de conversación, ni más ni menos.
Soy de los que escuchan, pero también me gusta comunicar. Aunque lo hago continuamente en clase, ese es mi trabajo, no es lo mismo. Por eso converso a través del blog con mis contertulios casi inexistentes sin muchas esperanzas de recibir respuesta. A pesar de ello aguanto. Dicen que lo malo no es que le hables a las paredes, sino cuando éstas te responden. En mi caso, si las paredes virtuales respondieran, no sería malo en absoluto, sería magnífico. He de confesar, no obstante, que se que al menos una persona lee esto. Con eso ya es más que suficiente. Es el mejor antídoto para combatir los zarpazos de la melancolía.

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