lunes, 27 de octubre de 2008

Cincuenta años

Lo último que he hecho antes de redactar esta entrada es contestar el correo de un buen amigo del pueblo que nos convoca a celebrar el cincuenta aniversario de los que nacimos, lógicamente, en 1858. Me hace ilusión reunirme con los de mi quinta, de hecho lo hacemos con frecuencia con cualquier motivo. No tengo ninguna pesadumbre por cumplir estos años, que no significan nada, pues a la vista está que la vida nos guarda todavía sorpresas de distinto signo. No tengo una conciencia clara y perenne de haber cumplido medio siglo. Es verdad que veo muy lejos mi infancia, quizás porque falta la madre, con la que se relaciona esta etapa, pero por lo demás, siento que sigo viviendo una permanente semi-adolescencia, que espero que no signifique inmadurez. En realidad, la madurez extrema es la antesala de la senectud, o sea que no me interesa. Cincuenta años es buena edad para tomar conciencia de que hay que vivir el día a día con intensidad, pero empezando a pararse un poco para que el tiempo no se escape de las manos. Empecemos a practicar, comiendo más despacio, que el masticar deprisa engorda y no aprovecha el alimento.
Antes, he grabado con una invitada una parte del programa de mañana. He disfrutado haciéndolo, estaba tranquilo e iba saliendo bien. Creo que si me lo propongo puedo ser un buen director y locutor de radio. La invitada, encantadora, sensible, inteligente, ha estado magnífica y también se ha sentido a gusto, diciendo lo que tenía que decir. Después una cervecita en plan confidencial, muy reconfortante.
A medio día, un rato de preocupación familiar por la falta de noticias de alguien cercano que está muy lejos, en un sitio extraño. Cuando nos llega alguna información nos tranquiliza solo en parte, porque se ha adentrado aún más por aquellos territorios.
Por la mañana, consulta, con algún rato de charla agradable con pacientes muy especiales, de los que aprendes mucho cuando los escuchas. Previamente, una clase participativa que ha funcionado, por fin despiertan estos chicos.
La puñetera verdad es que cambiaría todo esto por estar en mi casa con mi familia y mi compañera, pero si eso no puede ser, tendré que mitigar el sinsabor de la perdida con todas estas experiencias. ¡Que se le va a hacer!

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