martes, 14 de octubre de 2008

Lo que tenga que ser



Recibo el anticipo de la noticia con decepción, tristeza y algo de preocupación por las consecuencias prácticas del asunto: son estos, malos tiempos para abogados y rupturas, pero… lo que tenga que ser, será.
Ha sido un día de claroscuros en la tarea docente, me encontraba bajo de forma en el seminario y mejor en la clase. He vuelto, con una preciosa luna llena por techo, por el centro de Sevilla. La ciudad está más llena aún que nuestro satélite, llena de gente, de vida, de noche iluminada con ese color de atardecer de otoño que retrotrae a los mejores momentos de los mejores años de nuestra existencia. El pedaleo fue de vigoroso a sosegado para volver a alcanzar un ritmo rápido cuando llegaba a mi rincón. Tenía verdaderas ganas de adentrarme en la blogosfera para acceder el blog de una joyita apenas descubierta, de una florecilla blanca que brota del pedregal reseco de nuestra juventud litronera. He puesto su enlace entre los recomendados -de momento solo hay otro- y pueden juzgar ustedes mismos.
Es bueno el trabajo. Ocupa la mente y desaloja, o al menos constriñe, la mala leche que emanan las mulas traicioneras de la vida. Tratar de no parar, seguir, seguir, andar, andar, para adelante, siempre para adelante, hasta dejar atrás el desierto inhóspito y mísere y llegar al valle de los ríos de leche y miel. Tampoco hay que agotarse. El paso de buey, con su ritmo acompasado y su marcha imperturbable es el mejor modelo a seguir, aunque uno a veces tenga los arranques de un potro cimarrón, aún cuando con estos lustros se termine pagando la osadía con las fatigitas de la extenuación, mientras se contempla cómo el resto de la manada levanta ya la polvareda por el otro extremo de la dehesa.
Una persona muy allegada se despide hasta mañana. Ha ocupado el estudio preparando una prueba que le supondrá el fin de una etapa muy importante en su vida. Al igual que otros días, me resulta gratísimo y reconfortante saber que alguien está cerca aunque en lo suyo. Me acuesto feliz dentro de la tristeza porque lo que tenga que ser, será. No tenemos ni idea de lo que nos depara el porvenir, en esta vida que más que camino es noria, aunque a cada vuelta aparezca más vetusta la rueda y con más agujeros los cangliones.
Me acuesto pues, con el regustillo de lo que he leído y con la modesta expectación de lo que voy a leer. Aun no he terminado la cuarta lectura de “Cien años de soledad”.

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