domingo, 23 de noviembre de 2008

Cuerda floja.

Lo peor de ayer fue la tremenda, para mi, bajada después de una serie de subidas y descensos por los vericuetos forestales de la sierra norte de Huelva, rayando ya con la provincia de Badajoz. Tengo la impresión de que estas jornadas son como esas canciones que sabes que te gustan mucho pero que necesitas escucharlas más veces para disfrutarlas. Nunca había vivido yo una inmersión tan profunda en nuestra naturaleza, que se ha visto potenciada por un marco favorecedor: la ruta bien planificada, el día calido y el ambiente humano acogedor. Hemos pasado entre una fauna domestica variada, burros, ovejas, cabras, caballos, asentada sobre un habitat natural compuesto por dehesas, montes, prados y, lo más curioso, riveras compartimentadas en huertos abandonados donde podías coger algunas granadas y naranjas que ningún campesino se molestaba en recolectar. Puede que con la situación que se vive, estos espacios vuelvan a hacerse productivos por necesidad.

Por la noche, un largo rato de conversación en torno a unas cervezas y un picadillo, repasando hechos, pensamientos y emocionmes de los últimos tiempos. Antes y después, un largo paseo por las calles semidesiertas de la ciudad, haciendo lo mismo: hablar y escuchar. Reconfortante y reparador.

Empieza una semana que hay que afrontar con una gran calma mental, con el control de las emociones, del estado de ánimo. El mismo que han de tiener los funanbulistas cuando a la mitad del recorrido, a treinta metros del suelo, la suave brisa se convierte en viento recheado y la cuerda se afloja.

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