viernes, 28 de noviembre de 2008

En casita

El primer día realmente frío de este otoño me ha metido en casa. Me doy cuenta de que tengo un montón de cosas que hacer aquí, algunas necesarias y otras por placer. Este fin de semana me propongo organizar y adecentar más el espacio. Empezaré por la primera habitación, de uso indefinido y casi inutil. Trataré de convertirlo en un espacio polivalente que mantenga cierto atractivo. Un tono desenfadado y bohemio jusitificará un moviliario tan viariopinto e improvisado. Por otra parte, ese es el estilo que me gusta.

La mañana ha ido bien en las clases y dura en los trámites. Al final he sumado un montón de quilometros en bicicleta, la pobre cualquier día me deja tirado. Vuelvo a improvisar el almuerzo en el despacho, pero aunque frío, he comido bien, puede que demasiado. Confio en que el coresterol, que lo produzco de manera congénita, esté bajo mínimos. A mediodía, un breve encuentro con nuevos amigos me abren puertas. Son gente de vuelta de muchas cosas que viven el día a día. Compartimos bastantes gustos y espero mantener el contacto. Me acogen muy bien.

El abuelo me cuenta por teléfono que escucha mi programa y me da consejos para mejorar. Tiene razón en todos. Sigue lúcido y optimista. Hoy nos toca estar solos, él allá en el campo y yo en este barrio residencial. Quedo con en ir a visitarle. Puede que el domingo se organice una comida familiar.

El viernes es el mejor día de la semana, eso es sabido. Ahora pretendo darme un ligero festín de descanso, no importa el desvelo de madrugada. La radio, un buen libro y, en casos extremos alguna película pendiente de ver llenarán de sobra la vigilia pertinaz. A veces, es suficiente con la imaginación, que es como todo lo anterior junto, pero con un guión impredicible.

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