Cuando escribo en ordenador, que es siempre, puesto que casi he perdido la capacidad caligráfica, pongo el fondo de pantalla en azul para que no me dañe los ojos el intenso blanco habitual. Este cromatismo presenta además la particularidad de serenar el ánimo y aflojar la tensión que imprimen los sentimientos. Por eso, los textos escritos así tienen cierto sabor a campesino viejo, a hombre curtido por las tempestades de la vida y atemperado por las inclemencias del desamor, que no del olvido ni la desesperanza. Este filtro azul oscuro diluye los lengüetazos de la angustia, dejando a penas vislumbrar los tenues vapores de la melancolía. Los párrafos se me antojan impregnados del aroma cálido y dulzón que debió tener el pecho materno y los hombros del abrazo del padre a la vuelta de la labor. Todo eso parece ocurrir gracias al fondo azul profundo que coloco tras las líneas y que luego el blog desecha, cumplida ya su función apaciguadora.
La semana ha comenzado previsible, pero con reticencias por parte de los alumnos a participar en los debates que promuevo. Los abronco explícitamente, pues tienen un grave problema de desentreno en tareas discursivas y relacionales: son más dados a memorizar y vomitar después en los exámenes lo deglutido. Estoy consiguiendo mis objetivos solo a medias.
De vuelta a la consulta, el ritmo de trabajo es tranquilo, como corresponde a un lunes a primeros de mes, del primer año de crisis. Me proporcionan algún ratito de charla, un par de casos interesantes y muy poca rentabilidad económica.
Almuerzo con una persona muy allegada y, a pesar de lo desastrosa que suele ser la comida diaria –sucedáneo de menú casero- estoy encantado con su presencia, aunque al principio me causa estrés porque no para de hablar y tengo que pelear para hacerlo yo. Espero que se repita, como corresponde a mi relación de parentesco.
La tarde transcurre medianamente productiva en mi cubículo, desde donde veo caer la tarde casi literalmente, de lo pronto que desaparece el sol tras los bloques al otro lado de la plazuela. Los naranjos del centro, fresquísimos en verano, deberían convertirse ahora en olmos para que sus ramas desnudas dejen pasar los rayos de sol de otoño. Como muchos días, dejo la labor que hago para mañana y me propongo levantarme muy temprano. Afortunadamente ya no me desvelo tanto por la noche, por lo que no puedo confiar en el tiempo de insomnio para cumplir con la tarea pendiente.
A última hora, una cita prevista para temas prosaicos me deja una desazón tan deliciosa como inconveniente, que, en mi inconsciencia asumida, prefiero mil veces al silencio de la ausencia. Me va a costar trabajo aprender, si es que me pongo a ello, que no estoy por la labor.
Y así ha transcurrido este día más incierto que clarificador. Tres cojines bajo la cabeza, dos páginas de un libro triste y un rato de ensueño iluso me esperan en el sofa-cama.
La semana ha comenzado previsible, pero con reticencias por parte de los alumnos a participar en los debates que promuevo. Los abronco explícitamente, pues tienen un grave problema de desentreno en tareas discursivas y relacionales: son más dados a memorizar y vomitar después en los exámenes lo deglutido. Estoy consiguiendo mis objetivos solo a medias.
De vuelta a la consulta, el ritmo de trabajo es tranquilo, como corresponde a un lunes a primeros de mes, del primer año de crisis. Me proporcionan algún ratito de charla, un par de casos interesantes y muy poca rentabilidad económica.
Almuerzo con una persona muy allegada y, a pesar de lo desastrosa que suele ser la comida diaria –sucedáneo de menú casero- estoy encantado con su presencia, aunque al principio me causa estrés porque no para de hablar y tengo que pelear para hacerlo yo. Espero que se repita, como corresponde a mi relación de parentesco.
La tarde transcurre medianamente productiva en mi cubículo, desde donde veo caer la tarde casi literalmente, de lo pronto que desaparece el sol tras los bloques al otro lado de la plazuela. Los naranjos del centro, fresquísimos en verano, deberían convertirse ahora en olmos para que sus ramas desnudas dejen pasar los rayos de sol de otoño. Como muchos días, dejo la labor que hago para mañana y me propongo levantarme muy temprano. Afortunadamente ya no me desvelo tanto por la noche, por lo que no puedo confiar en el tiempo de insomnio para cumplir con la tarea pendiente.
A última hora, una cita prevista para temas prosaicos me deja una desazón tan deliciosa como inconveniente, que, en mi inconsciencia asumida, prefiero mil veces al silencio de la ausencia. Me va a costar trabajo aprender, si es que me pongo a ello, que no estoy por la labor.
Y así ha transcurrido este día más incierto que clarificador. Tres cojines bajo la cabeza, dos páginas de un libro triste y un rato de ensueño iluso me esperan en el sofa-cama.
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