El día comienza doméstico, haciendo algo por el espacio que ocupo y que no se adecúa a lo que me gusta, quizás sí a lo que soy. Recoloco muebles, ordeno enseres, limpio polvo, guardo ropa, quito suciedad, etc, etc, etc, etc.... Ahora me doy cuenta de la rutina hogareña: ¡Esas benditas amas de casa, trajinando sin parar para luego vuelta a empezar, como el burro cegado y sujeto a la noria que no deja de dar vueltas! Cuanta injusticia cometemos con quien hace este trabajo sin ser suficientemente valorado. Esa ropa interior, ordenada en su cajón, esas camisas planchadas, ese cuarto de baño limpio. ese suelo resplandaciente, esos espacios ordenados, ese frigorífico lleno, esa mesa puesta... esa comida elaborada y humeante! ¡¡Cuanto vale y que poco se paga!!
A mediodía, invitación para almorzar en casa de una nueva amistad, junto a su grupo habitual. Una madre nutricia reparte un puchero de los de invierno que sienta divinamente en este día invernal. Ese plato central es precedido de una sopa de fideos y seguido de esquisiteces varias, incluyendo bombones de buena calidad. La tertulia es amena, de buen nivel, alternandose los interlocutores. Los hijos ocupan buena parte de la charla. El trabajo también.
Por la noche, salida con los fieles y encuentro, casi a ciegas, con la conocida de un amigo, una chica competente con la que se pueden compartir ratos sanos y agradables. Luego, reunión con el grupo de la comida, que acababa de regresar del teatro. Cervecita, tapitas, mucha charla y algún bailecillo. Se entra en un antro dedicado al flamenquito, donde se cabe desafiando las leyes de la física. Se empuja aún más y nos embutimos entr el gentio. Algunos del grupo bailaban muy bien, me da verguenza y me prometo aprender. Llevo imcompliendo esto desde que vi bailar bien hace cuarenta años.
A mediodía, invitación para almorzar en casa de una nueva amistad, junto a su grupo habitual. Una madre nutricia reparte un puchero de los de invierno que sienta divinamente en este día invernal. Ese plato central es precedido de una sopa de fideos y seguido de esquisiteces varias, incluyendo bombones de buena calidad. La tertulia es amena, de buen nivel, alternandose los interlocutores. Los hijos ocupan buena parte de la charla. El trabajo también.
Por la noche, salida con los fieles y encuentro, casi a ciegas, con la conocida de un amigo, una chica competente con la que se pueden compartir ratos sanos y agradables. Luego, reunión con el grupo de la comida, que acababa de regresar del teatro. Cervecita, tapitas, mucha charla y algún bailecillo. Se entra en un antro dedicado al flamenquito, donde se cabe desafiando las leyes de la física. Se empuja aún más y nos embutimos entr el gentio. Algunos del grupo bailaban muy bien, me da verguenza y me prometo aprender. Llevo imcompliendo esto desde que vi bailar bien hace cuarenta años.
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