viernes, 14 de noviembre de 2008

Momento mágico

Empecemos por el final. La noche prometía tranquilidad y descanso en mi cúbiculo. La compañía de los últimos viernes optó por otro plan y aún así tuvo la elegancia de llamar para ver que tal estaba. Donde hay clase y humanidad, no faltan detalles. Lo agradecí de verdad y comprendí, solo faltaría, la varianza. Me voy al bareto que desde tiempos inmemoriables ha estado siempre ahí y hago una excepción pidiendo una cerveza con alcohol, con la consabida tapita de aliño y un montaíto –ríquisimo- luego. Apenas un cliente sostenía la barra mientras en el último rincón una pareja enigmática susurraba para sus adentros. Una mujer alta y guapa, con acento castellano, se toma una cerveza y el camarero la piropea con la naturalidad con la que los grandes toreros dan un pase de pecho sin mover los pies. Ella se marcha, con una sonrisa en la boca. El dueño trajinaba en la cocina y yo apuro el botellín mientras le echó el ojo a un brik de mosto y recuerdo que es viernes. El chico, de aspecto bohemio y hombros desmesurados, atrae la atención del camarero y empieza el diálogo poco antes de que aparezca una guitarra. Soy algo viejo en el asunto y me digo: aquí se está fraguando un momento mágico. Y me acerco con descaro diciendo: ¿va a ver un momento mágico? La compañera del improvisado guitarrista se une y habla de su incursión en el flamenco y de los lazos familiares que le unen a ese arte. Empieza el espectáculo: sones, cantes, quejíos, palmas , vinos, cervecita, y un jovenzuelo medio cani que se apropia de la guitarra y empieza a sacarle sonidos vigorosos y frescos, ¡juventud, juventud, divino tesoro!. Ella canta con la dulce fuerza de una mujer bonita, él toca la guitarra con voluntad y acierto, el niño la rasga con desparpajo y energía y el dueño, canta y toca con oficio. El que observa solo admira y envida sanamente, sin atreverse a tocar una sola palma por temor a desentonar y romper el hechizo. Efectivamente, ha sido un momento mágico. No saben sus autores cuanta falta hacía.

El día empezó bien, con una sesión clínica preparatoria muy sustanciosa, donde un nuevo grupo empieza el turno de prácticas. Presiento que estos alumnos van a funcionar bien. Después se me ocurre probar óomo funciona la institución desde el punto de vista del paciente y me hago una historia clínica. Le advierto al compañero que no diga nada a los alumnos del master y me dejo revisar y estudiar por dos chicas italianas y un catalán que no me conocían. No lo hicieron del todo mal, pero se olvidaron de que estaban con una persona y no con un pie enfermo. Al final les hice una revisión de los aspectos a mejorar y aprendí a sentir lo que sienten los pacientes. A medio día, una sesión difícil con unos alumnos que querían irse a casa.
El curso de edición de por la tarde, solo regular. Me he equivocado al meterme aquí.

Lo mejor el final y es que, cuando menos te lo esperas, salta la liebre de lo genuino, lo original, lo autentico, lo contrario a lo vulgar. No me importa lo vulgar, tiene su encanto, siempre que no sea pretensioso. En el caso anterior, estos chicos no parecían ni lo uno ni lo otro. Soy un tío con suerte. Hasta en los momentos malos de la vida lo paso bien. Eso, señores, se aprende ejerciendo el vivir con optimismo, conformidad e imaginación.

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